Emily Dickinson escribió que la soledad es tan profunda como el silencio del universo. No es una metáfora menor: la poeta vivió gran parte de su vida recluida, con contactos sociales limitados, y transformó esa experiencia en una obra marcada por la introspección y el aislamiento. Hoy, más de un siglo después, la ciencia empieza a confirmar que esa profundidad no es solo emocional: la soledad deja huella biológica.
En 2024, un amplio estudio prospectivo basado en datos del UK Biobank encendió una nueva señal de alerta: las personas que se sienten solas presentan un mayor riesgo de desarrollar fibrilación auricular, una de las arritmias más frecuentes y clínicamente relevantes en la población adulta (Wang et al., 2024). El hallazgo resulta especialmente inquietante porque este aumento del riesgo se mantiene incluso al controlar factores genéticos, estilos de vida y variables sociodemográficas. La soledad, una experiencia subjetiva y silenciosa, emerge así como un factor de riesgo cardiovascular con entidad propia.
Este resultado no surge en el vacío. Más bien, se inserta en una larga tradición de investigaciones que han ido demostrando que la calidad de nuestras relaciones sociales no solo moldea nuestro bienestar psicológico, sino también nuestra salud física. Como si el corazón, en sentido literal, también acusara la ausencia de vínculos.
La soledad crónica en el siglo XXI: una epidemia silenciosa
En un mundo hiperconectado, la soledad se ha convertido en una paradoja contemporánea. No equivale simplemente a vivir solo ni a tener una red social pequeña, sino a la percepción persistente de desconexión emocional, de no sentirse visto, escuchado o acompañado. Esta dimensión subjetiva la diferencia del aislamiento social objetivo, aunque ambas suelen coexistir y potenciarse mutuamente.
Ya en 1988, House, Landis y Umberson advertían que las relaciones sociales eran tan determinantes para la salud como factores de riesgo clásicos, como el consumo de tabaco o la hipertensión. Aquella afirmación, inicialmente disruptiva, ha sido ampliamente confirmada por la investigación posterior. Décadas después, la soledad se reconoce como un problema de salud pública, especialmente relevante en sociedades envejecidas y altamente individualizadas.
El metaanálisis de Holt-Lunstad et al. (2015), que incluyó datos de más de 300.000 participantes, mostró que la soledad y el aislamiento social incrementan significativamente la mortalidad por todas las causas, con un impacto comparable al de otros factores clínicos ampliamente monitorizados. En la misma línea, Pantell et al. (2013) evidenciaron que el aislamiento social predice la mortalidad de forma similar a riesgos tradicionales como la hipertensión o la obesidad.
Soledad y salud cardiovascular: una relación consistente
El vínculo entre soledad y enfermedad cardiovascular ha sido especialmente consistente. Xia, Li y colaboradores (2018) revisaron múltiples estudios observacionales y longitudinales centrados en salud cardiovascular, con muestras que incluían adultos y personas mayores seguidos durante largos periodos de tiempo. Sus resultados mostraron asociaciones sólidas entre soledad, aislamiento social y un mayor riesgo de hipertensión, enfermedad coronaria, ictus y mortalidad cardiovascular.
Un aspecto clave de estos hallazgos es que las asociaciones se mantenían incluso tras ajustar por variables sociodemográficas y estilos de vida, lo que sugiere que la soledad actúa como un factor de riesgo independiente. Entre los mecanismos propuestos se incluyen la activación crónica del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, el aumento de la inflamación sistémica, alteraciones del sistema nervioso autónomo y cambios conductuales asociados al retraimiento social.
Estos efectos no se limitan al inicio de la enfermedad. Estudios como el de Boden-Albala et al. (2005) mostraron que el aislamiento social se asocia a peores resultados funcionales tras un ictus, subrayando que la falta de vínculos también compromete los procesos de recuperación.
La fibrilación auricular como nueva pieza del puzle
En este contexto, el estudio de Wang et al. (2024) aporta una pieza especialmente relevante. Utilizando datos de más de 400.000 participantes del UK Biobank sin fibrilación auricular al inicio del seguimiento, los autores observaron que quienes se identificaban como personas solas tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar esta arritmia.
El valor añadido del estudio reside en su enfoque genético: incluso en individuos con baja predisposición genética, la soledad aumentaba el riesgo de fibrilación auricular. Esto sugiere que los factores psicosociales pueden interactuar —o incluso competir— con la carga genética, reforzando la idea de que la salud cardiovascular no puede entenderse únicamente desde una perspectiva biomédica.
Implicaciones para la psicología y la práctica clínica
La evidencia acumulada invita a replantear la soledad como algo más que un malestar emocional. Se trata de un determinante de salud que debería ser evaluado de forma sistemática, especialmente en adultos mayores (Nicholson, 2012; Ong et al., 2016). Desde la psicología, esto implica integrar la evaluación de la soledad percibida, el apoyo social y la calidad de los vínculos en contextos clínicos, comunitarios y preventivos.
Intervenir sobre la soledad no significa únicamente aumentar el número de contactos sociales, sino promover relaciones significativas, sentido de pertenencia y conexión emocional. En este punto, la psicología clínica, la intervención comunitaria y las políticas públicas convergen.
Tal vez Dickinson tenía razón: la soledad puede ser tan vasta como el universo. La diferencia, hoy, es que sabemos que ese silencio también puede alterar el ritmo del corazón. Reconocerlo es el primer paso para intervenir.
Referencias
Boden-Albala, B., Litwak, E., Elkind, M., Rundek, T., & Sacco, R. (2005). Social isolation and outcomes post stroke. Neurology, 64(11), 1888–1892. https://doi.org/10.1212/01.WNL.0000163510.79351.AF
Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., Baker, M., Harris, T., & Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: A meta-analytic review. Perspectives on Psychological Science, 10(2), 227–237. https://doi.org/10.1177/1745691614568352
House, J. S., Landis, K. R., & Umberson, D. (1988). Social relationships and health. Science, 241(4865), 540–545. https://doi.org/10.1126/science.3399889
Nicholson, N. R. (2012). A review of social isolation: An important but underassessed condition in older adults. Journal of Primary Prevention, 33, 137–152. https://doi.org/10.1007/s10935-012-0271-2
Ong, A. D., Uchino, B. N., & Wethington, E. (2016). Loneliness and health in older adults: A mini-review and synthesis. Gerontology, 62(4), 443–449. https://doi.org/10.1159/000441651
Pantell, M., Rehkopf, D., Jutte, D., Syme, S. L., Balmes, J., & Adler, N. (2013). Social isolation: A predictor of mortality comparable to traditional clinical risk factors. American Journal of Public Health, 103(11), 2056–2062. https://doi.org/10.2105/AJPH.2013.301261
Wang, H., Zhu, J., Liu, M., et al. (2024). Association between loneliness and incident atrial fibrillation across different genetic predisposition: Findings from the UK Biobank. European Journal of Medical Research, 29, 508.
Xia, N., Li, H., et al. (2018). Loneliness, social isolation, and cardiovascular health. Journal of Clinical & Translational Cardiology.

